No sé, como muchos, si tengo esas experiencias o son ellas las que me tienen a mí. Tal vez por eso desde niño también experimenté esa necesidad de que otro compartiera mi mundo, de que otro me mirara, de que fuera testigo de mi afán, mi ajetreado existir, mi desolación, mi palpitar en pos de algo indefinible, ese querer una última imagen de la vida.
Tuve muchos años colgada en mi habitación dos cartulinas que hice yo mismo, con mucha torpeza, como siempre. Una era una cita de Hesse que decía, más o menos: "el ansia de comprender el mundo, de verlo y explicarlo, de llegar a él, exige más que esfuerzo, constancia e inteligencia. Hay que poner en ello sangre y corazón."
Muy premonitorio. No sé cuánto, pero he puesto mucha sangre y, sobre todo, mucho corazón, en aquello que me ha subyugado.
Yo sé que en mi soledad habito, y que he creído reconocerme en ella las más de las veces. Sé que en la soledad, y cuando no pasa nada, nada de nada, como le leí una vez a Vila-Matas, es cuando empieza a desenrollarse el papiro del tiempo y ves con pavor y emoción, con alegría y fragilidad, esos versos, esas palabras, esas imágenes que llegan como una suerte de revelación. Eso que parece traer el secreto de la vida, de la existencia, y que apenas lo susurra en tus oídos todo vuelve rápidamente a evaporarse y te quedas ahí, parado en el tiempo (tal vez es la única finalidad, he creído a veces, de todo esto; detener el tiempo), tratando de no perderlo, tratando de no perder eso.
Igual por eso me gustó y cautivó tanto On the road, y el espíritu beatnik captado ahí. Tal vez fue porque "they were tryin to llok at the world in a way that gave it some (new) meaning..." es posible.
Pero "eso" (it), se pierde, se desvanece, o aún peor, se torna irreal en la soledad. No resuena más allá. No lo hace hasta que hay otro que te sostiene, hasta que un amigo, un hermano, una amante, ese prójimo amable y desconocido en cualquier lugar, en cualquier momento, te mira y sientes que vas a hacerlo, que lo buscarás, que te desnudarás, que vas a decirle tú secreto y te quedarás sin nada ante él y no podrás protegerte.
Y el milagro a veces funciona, y el otro te mira desde allí donde esté. Y está asustado, se siente o te mira con el ridículo merodeándoos, tal vez la timidez le puede, tal vez es un reguero luminoso de comentarios y observaciones para espantar esa intimidad inesperada. Pero es igual, ya está hecho, el contacto se ha producido y de alguna manera sabes ahora, ahora que por fin salió de alguna manera fuera de ti y tocó a otro, que es cierto, que está ahí, que "eso", debe significar algo.
Y como si cerrara un círculo que empecé hace más de treinta años, eso me lleva a la segunda cartulina en mi pared, allá en mi temprana adolescencia. En aquella cartulina había escrito un poema de Octavio Paz que encontré en Rayuela. Parecía un poema suelto y extraño que a Cortázar se le hubiera colado en el libro traido por una racha de viento y que al encontrarlo allí y leerlo comprendiera que explicaba su libro como ninguna otra cosa podía hacerlo, que le daba sentido y hasta ofrecía una síntesis de su estructura. Igualmente, ese poema explica ahora este juego de espejos, y ese movimiento pendular en el que me va la existencia, desde lo más adentro que tengo hasta el otro, hasta tí, que estás leyendo esto y me das vida. Te necesito, de alguna manera, para vivir.

Mis pasos en esta calle
resuenan
en otra calle
donde
oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde
Sólo es real la niebla.














