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sábado, 1 de junio de 2013

IT (ESO)

Siempre, desde niño, amé tener ideas, tener pasiones. Sentir el correr de mil  hormigas en tu cabeza y tratar de atrapar cuantas más mejor sin matar ninguna, desesperarme al ver cómo se escapan o se arrugan en mis dedos.
No sé, como muchos, si tengo esas experiencias o son ellas las que me tienen a mí. Tal vez por eso desde niño también experimenté esa necesidad de que otro compartiera mi mundo, de que otro me mirara, de que fuera testigo de mi afán, mi ajetreado existir, mi desolación, mi palpitar en pos de algo indefinible, ese querer una última imagen de la vida.

Tuve muchos años colgada en mi habitación dos cartulinas que hice yo mismo, con mucha torpeza, como siempre. Una era una cita de Hesse que decía, más o menos: "el ansia de comprender el mundo, de verlo y explicarlo, de llegar a él, exige más que esfuerzo, constancia e inteligencia. Hay que poner en ello sangre y corazón."

Muy premonitorio. No sé cuánto, pero he puesto mucha sangre y, sobre todo, mucho corazón, en aquello que me ha subyugado.

Yo sé que en mi soledad habito, y que he creído reconocerme en ella las más de las veces. Sé que en la soledad, y cuando no pasa nada, nada de nada, como le leí una vez a Vila-Matas, es cuando empieza a desenrollarse el papiro del tiempo y ves con pavor y emoción, con alegría y fragilidad, esos versos, esas palabras, esas imágenes que llegan como una suerte de revelación. Eso que parece traer el secreto de la vida, de la existencia, y que apenas lo susurra en tus oídos todo vuelve rápidamente a evaporarse y te quedas ahí, parado en el tiempo (tal vez es la única finalidad, he creído a veces, de todo esto; detener el tiempo), tratando de no perderlo, tratando de no perder eso.

Igual por eso me gustó y cautivó tanto On the road, y el espíritu beatnik captado ahí. Tal vez fue porque "they were tryin to llok at the world in a way that gave it some (new) meaning..." es posible.

Pero "eso" (it), se pierde, se desvanece, o aún peor, se torna irreal en la soledad. No resuena más allá. No lo hace hasta que hay otro que te sostiene, hasta que un amigo, un hermano, una amante, ese prójimo amable y desconocido en cualquier lugar, en cualquier momento, te mira y sientes que vas a hacerlo, que lo buscarás, que te desnudarás, que vas a decirle tú secreto y te quedarás sin nada ante él y no podrás protegerte.
Y el milagro a veces funciona, y el otro te mira desde allí donde esté. Y está asustado, se siente o te mira con el ridículo merodeándoos, tal vez la timidez le puede, tal vez es un reguero luminoso de comentarios y observaciones para espantar esa intimidad inesperada. Pero es igual, ya está hecho, el contacto se ha producido y de alguna manera sabes ahora, ahora que por fin salió de alguna manera fuera de ti y tocó a otro, que es cierto, que está ahí, que "eso", debe significar algo.

Y como si cerrara un círculo que empecé hace más de treinta años, eso me lleva a la segunda cartulina en mi pared, allá en mi temprana adolescencia. En aquella cartulina había escrito un poema de Octavio Paz que encontré en Rayuela. Parecía un poema suelto y extraño que a Cortázar se le hubiera colado en el libro traido por una racha de viento y que al encontrarlo allí y leerlo comprendiera que explicaba su libro como ninguna otra cosa podía hacerlo, que le daba sentido y hasta ofrecía una síntesis de su estructura. Igualmente, ese poema explica ahora este juego de espejos, y ese movimiento pendular en el que me va la existencia, desde lo más adentro que tengo hasta el otro, hasta tí, que estás leyendo esto y me das vida. Te necesito, de alguna manera, para vivir.

Mis pasos en esta calle
resuenan
                    en otra calle
donde
                    oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde
Sólo es real la niebla.

viernes, 10 de mayo de 2013

CONSCIENCIA


 
I'm giving you a night call to tell you how I feel
I want to drive you through the night, down the hills
I'm gonna tell you something you don't want to hear
I'm gonna show you where it's dark, but have no fear

There's something inside you
It's hard to explain
They're talking about you boy
But you're still the same


     Me pregunto cómo es posible habitar esferas tan distintas, sensibilidades tan alejadas, necesidades que se expresan de forma tan diferente. Cómo encontrarse en otro espacio, y ver al fondo en perspectiva a otro extraño y resultar ser éste alguien con quien vivimos de veras, o creímos hacerlo (que viene a ser lo mismo).

     Por un momento me resulta sobrecogedor. Sí, por un momento, duro y frío, es sobrecogedor, no cabe duda. Aunque luego, no es preciso pensarlo mucho, la edad, la experiencia y mi mirada presente, me hacen comprender que en esto justamente consiste la vida. Cada vez, con miedo e incomprensión a menudo, con un dejar hacer, fluir, estar, vivir otras – atrapando a duras penas el instante y sacándole brillo – comprendo más y más que la vida se nos escapa, en el tiempo, cuando caiga en cascada con el último ocaso; y que mientras, cada segundo es un relámpago entre dos nadas y sólo nuestro afán puede dar sentido al bosque de luces. Sólo nuestro afán, si es ese su empeño. Tal vez es mejor habitar esas luces, recoger su calor, beber su luz, y luego, seguir la vida. Yo, por si acaso, donde veo una mano tendida ahí me agarro.

    Y estos pequeños encuentros, éste escrito, esas frases entre dos copas, veladas, son la máxima expresión, en nuestra vida cotidiana, de eso que ha sido mi máxima aspiración durante tanto tiempo: la consciencia de estar vivos, nuestra experiencia, ser y estar, vivir.

martes, 7 de mayo de 2013

HÁBLAME, COMO YO TE HABLO, AL FIN.



        Quiero escribirte a ti, a ti, para quien antes eran casi todas mis palabras, todos mis designios eran una lucha contra ti, a contrapelo contigo. No hice otra cosa que friccionarme con la realidad, no otra que erosionar mi piel con el vértigo de los días dejando que estos se aquietaran un instante con mucho esfuerzo, dándoles el mejor de mis susurros, dejando el alma en ello para aspirar ese aroma fresco de la quietud, poder sentir que era real, que estoy vivo, que todo está pasando, aquí y ahora.

    Te escribía muchas veces, sin saberlo, a todas horas, en cualquier momento. Al principio en servilletas, sobre una carpeta, con rotulador sobre un papel lleno de letras que trataban de fundirse a mi mensaje, en el antebrazo, una vez en la espalda de mi amor, otra en la yema de un dedo – con tinta, al final un borrón, lo más bello que compuse -, también en la arena de la orilla – donde también se borraba la frase sin que nadie la leyera –, y por supuesto en una corteza de árbol, una pared encalada, una hoja sepia o en el pétalo de un gladiolo que se secó y quebró dándome un crujido como eco en el pecho.

Hasta que más tarde me entregué al repiqueteo y esta ebriedad del teclado y el parpadeo. Con el ordenador, no me di cuenta al principio, los primeros años; descubrí claramente que era lo escrito lo que me hablaba a mí y que realmente muy a menudo, sobre todo en estos escritos de tú a tú, no sabía qué estaba escribiendo muy bien, qué era lo que tenía que decir. Claro, era el texto el que me decía, no yo. Pero igual seguí escribiendo. Nunca muy seguido, jamás con ningún tipo de método. El único método que he seguido es dejar que se abra la herida y mane sangre hasta quedarse sin fuerzas y formarse una costra de lacre agrietado que me dolía a morir. Luego, otro día, el lacre saltaba y volvía a salirme otra carta para ti, para ti, demonio.




          No sé cuántas letras, cuántas frases, cuantos mensajes habré enviado; siempre desde mi más pura y estricta soledad, siempre o casi siempre en la noche. A veces era de día vale, pero como la noche, cerrada, negra, silenciosa, llena en otras ocasiones de mil canciones y mil nanas que encontraba para tratar inútilmente de abrigar mi fría soledad, mi corazón helado que latía y se quebraba como el cristal frío al contacto con una lágrima que hierve.

          Y a ratos, me iba, tal vez me perdía, creo que me iba sin más. Porque tenía que descansar de ti, porque tengo que alejarme de ti, poner tierra y palabras de por medio. Si palabras una vez más, siempre palabras, y siempre dar largos paseos y apasionarme por algo y exprimirlo hasta obtener la última gota que contuviera. No lo sabía, ¿lo saben ustedes?, el corazón no es sino un músculo que exprime, el corazón helicoidal no es sino una fregona que recoge nuestra sangre y la regresa una y otra vez. Va, limpia, vuelve, va, limpia, vuelve.

         Pero siempre, inevitablemente, vuelvo a ti, no me queda otra, pues eres - pura y pesada realidad como un metal al frío - lo único que de verdad tengo. Y vuelvo, sí, y te abofeteo, te acaricio, y te miro y veo cosas que no me gustan, no me gustan nada, esto es así. Pero he aprendido a quererte, a estar contigo, a cubrirme con tu piel y sentir calor y sonreír en mi más pura y estricta soledad, contigo. Nuestros corazones laten cada vez más al unísono, y me siento bien en tu piel. Así que cada vez más somos uno. Tal vez a fuerza de escribirte me he encontrado y reconozco en esa figura y ese mirar triste que de pronto brilla y quiere matar la vida a pulso, con cada latido. Beber perdiendo por las comisuras, apresurarse o degustar en calma, con cada papila, estar en ti, como tú estás en mí, y te ríes y eres amable con mi locura y mis frases y mi pasión y mi bestia negra y mi bondad agreste y mi incapacidad para estar quieto dentro tuya. Mi miseria, mi aburrimiento en los detalles, mi inutilidad, mi desajuste, mi incompetencia, mi falta de ritmo para con la vida y sus quehaceres, mi entretenimiento secreto.

        Así que tal vez seamos, o casi, una pareja bien avenida tú y yo. Después de todo, es este el cuerpo que tenemos, para habitar tú, yo y otros que no nombro, y somos ese al que todos nombran, y confunden con uno y creen, que es coherente, que es claro, y que tiene claro qué significa este mundo y nuestra extraña existencia. Pero no, nada de eso es cierto, y ni yo ni nadie tenemos claro nada, ni nada es coherente, o no lo suficiente para mi ansía de que lo sea. Y no importa, qué más da, esto es la vida, apúrate, trágatela, es todo lo que tienes.


viernes, 26 de abril de 2013

LA VIDA: VELOCIDAD CRUCERO, ACELERONES Y RELÁMPAGOS.

     Hoy he salido y entre un buen puñado apretado y feliz de conversaciones ha salido un tema que me cautiva, que me atrapa: La vida y su velocidad.
 
Aquí se trata el tiempo que vivimos.

     Decía un contertulio que vivimos cada vez más deprisa y que eso nos aleja de la sabiduría, o sea de la vida, que viene a ser lo mismo.
     Todo depende de cómo lleve uno eso, cómo sostenga y lleve esa vida y los azares que trae, dijo alguien, la chica de pelo largo y ojos oscuros donde bullen algo inquietante.
     
     La vida se nos acelera, aprieta y ahoga, a ratos, y luego, las luces vivas de la experiencia se deforman, tal y como se curva el espacio según nos acercamos a la velocidad luz. Nuestra sangre se agolpa en las sienes, hacia atrás. Pero yo quiero la sangre en mi corazón, en mis pulmones, en mis mejillas en declive, en la mirada salvaje y viva, y en el paquete, cómo no.
Una metáfora de nuestra lucha con el tiempo

     Lo que yo siento, a flor de piel, en lo más hondo, como si conectara cada parte de mi cuerpo y les diera sintonía, es que nuestra relación con el tiempo, y muy especialmente con su velocidad, es el trasunto que define nuestra experiencia más íntima con la existencia. El tiempo, admitámoslo, es indefinible, inaprensible, y sin embargo, un reguero de gotas, esparcidas como perlas de gel, sobre un lienzo negro lleno de hilos y nudos, es lo que conforma nuestra vida.




     No hablaré en esta ocasión de la trampa del tiempo y la edad, y cómo igual que un diablo traicionero el transcurrir de nuestra vida se contrae y arde aceleradamente más y más según nos va quedando menos tiempo. Alguna deidad griega ha de estar jugando con nosotros, alejando el caramelo de la quietud y el éxtasis de nuestros labios constantemente. Pero no hablaré de ello, eso se lo dejo a esta canción, que lo clavó en su momento.

       Lo que yo siento, y es cuando mi alma pura se baña en la luz - igual que en esa conversación el sol besaba el mar en la punta de Europa, al final de la decadencia, en esa tierra donde nace Occidente, y donde él también queda orillado, hundido, tocado -; es que el tiempo se detiene cuando otro me alcanza con sus palabras y esas palabras resuenan en mí como un eco de algo que apela a mi más secreta esencia. Lo que hay que decir, es que somos animales sociales, y en el encuentro extraño y difícil, en los jardines y caminos de nuestro deambular, cuando estoy cerca de alguien, sea como sea, el tiempo, por un momento tenue y sutil, se detiene.
Anocheciendo en la Caleta (Cádiz) La luz parecía tirar de nosotros.

     Lo que yo sé, y no lo dije entonces, en aquella terraza, en aquel ocaso, es que si quieres saber cómo detener el tiempo busca un niño. Busca un niño, cógele la mano, óyelo, habita en su palpitar, entrégate por un segundo a su alegría, sin más allá. Vive. Los niños son síntesis, lo que significa que esconden todo aquello que el resto de nuestra vida tratamos de explicar.

     Recetas para parar el tiempo, pues: la complicidad entre extraños, la amistad repentina, la amabilidad, el dolor reconocido en el otro, la infancia (el más luminoso patio que hay en la vida). La lectura es una instantánea del tiempo, el mayor medio para digerir ese extraño y secreto misterio...

     El amor, como forma de entender el tiempo, a través de la enajenación, de la dulzura y complicidad como un fondo musical continuo, o en los dientes afilados de la noche, en el más puro canibalismo.

     Y el dolor. El golpe del mazo duro sobre el metal rutilante de nuestra vida, sin vibraciones, frío, helado. El dolor que detiene el tiempo como nada, haciendo que parezca que reventarán las costuras de la realidad y sometiéndonos al pasmo de ese impacto. El dolor es una batalla contra el tiempo donde somos vencedores y vencidos, todo en uno. Del dolor salimos tratando al tiempo de tú.

     Pero a sangre y acero, con todas nuestras visceras dispuestas a entregarse a ello, hemos de adherirnos al tiempo y sentir que es nuestro. Los hombres somos animales extrañados, es destino, ese medio camino heideggeriano, y hemos de conciliar nuestros instintos, nuestra condición y nuestra grandeza, con la flor nocturna del vivir.

martes, 23 de abril de 2013

UN LIBRO, UN SOLO LIBRO

     23 de abril, día del libro.

     2013, y no hace muchos años que los libros no son para mí lo que eran, no de la misma forma, no entrañan la misma condición ni poseen ese carácter velado, secreto. Perdieron su liturgia, su lugar, y carecen también de ese espacio que tenían en mi vida. Puede que sea porque durante muchos años fueron todo, tomaban para mí todas las formas, tenían la condición de una deidad total y suprema, su liturgia era mi encuentro con el mundo, la vida y su negativo. El espacio de mi vida, más que otra cosa, era el espacio de los libros.

La llegada de un hijo es el comienzo de un nuevo mundo. Tal vez por eso me viene a la cabeza esta imagen.


    Y ¿qué te pasó, macho? Me pasó la vida. Primero y decididamente, la mía propia. En el 2008 llegó un huracán, un cataclismo de nudos de luz y mil corrientes que como veneros se instalaron para siempre en mis venas. Llegó Diego, mi hijo. Arrasó las tierras para empezar el mundo y con él, sin saber al principio cómo ni por qué, cambió mi relación con los libros y con la escritura. Cambió mi relación con todo.


     Y luego está esto, luego está internet, los blogs, las páginas, Facebook, etc... De pronto, el verdadero libro infinito del que nos hablaba Borges (era una biblioteca, pero también un libro infinito, sí) se desplegaba incesantemente ante nosotros y nadie sabía (ni sabe) muy bien qué hacer con él. Desde que existe esto, y cuelga en la cabecera de nuestra existencia el cartel de San Google, nuestra relación con la información, el lenguaje, las imágenes y la música, han cambiado drásticamente. Creo que la mayoría aún no nos hemos enterado bien de cómo ni cuánto, y seguimos hablando de libros, pelis y canciones como si esto no estuviera como está. Pero lo hacemos aquí, y aquí se crea la madeja que nos mantiene en vilo horas y horas. Esas horas, están aquí ahora, y no en esos libros que devorábamos sin parar.


     Si tuviera que elegir, contemplando toda mi vida hasta donde puedo recordarla, ¿qué libro señalaría, cual elegiría como el que me ha influído más? De decir un título para mi epitafio, ¿qué título sería ese?

     No parece fácil, requiere un recorrido rápido. No se trata de elegir el mejor libro, el que considero el mejor, sino de nombrar ese libro que me caló los huesos, que me empañó la mirada, el libro donde guardé mi secreto, ese que voy susurrando al oído de todo el que quiere darme algo de calor.

     De mi primera infancia no sé qué decir, nada en principio de esa nebulosa, ese milagro donde todo está confundido, es uno, y al mismo tiempo posee el trallazo vigoroso de la clarida de la síntesis y la comunión de las realidades. Luego, llegaron dos libros que me ofrecieron dos versiones de mi mismo y dos maneras de entender el mundo, la vida, y mi disposición para con ello. Tom Sawyer vs La vuelta al mundo en 80 días. Lo primero que se manifestó con estos dos libros es que no supe dejar atrás, ni he sabido hacerlo con el paso de los años, esa obsesión infantil de los primeros años por empantanarse en un tema y vivir en él. Quiero decir, que siempre he sido animal de relecturas, de coger un libro y no hacerlo mío, sino hacerme yo de él, entregarme, dárselo todo, dejar que cambiara mi piel, mi sensibilidad y mi manera de mirar el mundo.
     Tom Sawyer me ofrecía un mundo de aventuras, vida a salto de mata, pura anarquía, sangre y sudor salado. Alegría, Tom me ofrecía un mundo de alegría y ganas de vivir. Por este libro tomé una decisión que me haría sufrir, que condicionaría mi infancia, y lo hice muy pronto, no tenía yo ni ocho años, en aras de la libertad, de mi libre albedrío. Dado el funesto resultado (aunque encontré aventura, vida, calles, noches de camaradería, fugas y mil invenciones); no era raro que acabara por refugiarme en su opuesto, La vuelta al mundo, una historia que me ofrecía la posibilidad de controlar al mundo, hacerme con él, y someterlo a través de la disciplina y la voluntad. Claro que nada de esto es real, y La vuelta al mundo es un gran error en ese sentido. No es un error mío, sino un error del XIX, sobre todo de sus finales, un error humano de fe en sí mismo que luego se vino a desmontar, o mejor, seamos claros, a despedazar.
     No creo que leyera yo estos libros menos de diez veces, antes de cumplir los diez años. Y luego, de pronto, con mi adolescencia, me encontré con algo que marcaría mis años siguientes: la ciencia ficción, y muy especialmente en mi caso Isaac Asimov. Creo que la vida, o lo que ella hace con nosotros, me lanzó a la ciencia ficción, que no es sino el últímo rincón del idealismo, al menos en mi caso lo fue. La ciencia ficción es eso, creer que el hombre puede construirse con su sabiduría y su tecnología sin estropearlo en aras del poder de unos pocos, sino en beneficio de todos; creer que el hombre dará lo mejor de si mismo para que todos seamos más. Hablo de esa ciencia ficción que conocí y busqué. Luego descubriría que la ciencia ficción engloba todas las parcelas del ser humano, y que incluso se centra más precisamente en la que caracteriza en mucho a este, es decir: su capacidad autodestructiva. Pero no fue lo que me atraía entonces. Ya lo escribí aquí, yo soy un maldito, pero la vida me apartó de ello por un excesivo y temprano dolor, confundiendo mi destino, tratando de encarrilarme por un buen camino que nunca ha sido, realmente, el mío.

TO BE CONTINUED ?

domingo, 14 de abril de 2013

PROMISED LAND (Epílogo)

     BEHIND BLUE EYES



      
     Nace el día, amanece (que no es poco). es el fin de la bestia de dos espaldas, el ocaso de los besos aunque los ríos que van a parar a la mar aún fluyen, sin embargo. Inevitablemente, todo es triste o azul, por un momento, aun cuando un sol amarillo le rasca a la arena infinita su primera corteza de nata y canela.   
     Se puede jugar con fuego, cierto, hasta que llegan las brasas, y ya no hay punto de retorno y has de quemarte o salir huyendo. Cuando llega el frío es hora de la última apuesta. Entre el eco de las risas, el parpadeo de mil fotogramas, libros viejos citados mal y ya perdidos en la memoria, tenía que surgir el paso por el que se salía de este valle, este oásis sin palmeras. Esta isla rodeada de muros y chalets de lujo tenía que desmoronarse cuando al final del tiempo apareciera una mirada en forma de interrogación.

     A partir de ahí, el tanteo del pánico, el desfiladero del amor, con esa caída a medio metro hasta un fondo conocido y cercano aún. Pain is coming.

 keep me in your heart for a while


     Lo cierto es que ha sido hermoso, muy hermoso. Vivo, lleno, grande. Lo cierto es que ha sido eso, y que no puede ser más. El paraíso tenía su fin, escrito a la entrada como un anuncio incómodo, y ahora se elevan de nuevo las voces que os llaman, los miedos que os acunan, el tiempo que os separa. That’s life.

       Los ojos azules cuando lloran parecen hielo derretido. Dentro, contienen un secreto y es común a todos nosotros, pero eso no los hace menos poderosos, menos subyugantes, no encogen menos el corazón por ello. La serpiente del dolor avanza, sin manzanas ni necesidad de palabras.

     Pero luego, amanece definitivamente y hay un reencuentro una vez más, y hay que agotar la mañana, y la tarde, sin salir de este cuadrilátero mullido testigo de estos días. Y a través de este pacto hay lugar para la dulzura, para la dulce amistad triste del adiós, para comprender y aceptar lo encontrado. Y se apuran los restos de estos cuerpos que parecían ya cansados, pero qué va.

  Me decía Zizek ayer que no queremos lo que creemos que queremos. Pero lo parece, coño, vaya si lo parece. Que no queremos, realmente, ser felices, alcanzar lo que deseamos, pues en el momento que lo somos desaparece el misterio, es ya otra cosa, y con él el deseo, motor de la vida.

   Yo no lo sé, no estoy seguro, ignoro si detrás de un deseo, cuando lo alcanzas, no hay otro encadenado, y así sucesivamente, como un abrir de puertas entre habitaciones que se suceden en un gran laberinto. Todas las personas, de alguna manera, somos matrioskas sin fin que esconden el premio gordo en el último juego.

     Lo cierto es que en el juego de las tres diferencias tú y yo hemos salido perdiendo, así tenía que ser. Pero en el del encuentro hemos ganado, mucho, todo, esto. Y ahora brotan risas y palabras más sinceras, dolidas y puras, ahora que es el fin, y de pronto, nos miramos cara a cara.


sábado, 13 de abril de 2013

PROMISED LAND III





    EL BOSQUE DE LA NOCHE

 


You said, nothing can go wrong
so long as we are together


         La última hora solitaria de la madrugada y, sin sueño, quiero enterrarme en la cama. No hay momento donde no pueda esconderse la soledad y, envuelto en ella, el dolor. El dolor, como un veneno impenitente, como el mercurio del pez espada y los atunes rojos, que jamás desaparece de nuestra sangre, que la va adensando como un chocolate casero que acaba por ser una lata de pintura plástica hirviendo por equivocación en nuestra cocina. La soledad de sentirse vivo, tan cercana y fronteriza a ese cuerpo que yace tan profundamente entregado al sueño a tu lado, en total abandono. Ese cuerpo que hace un momento que exhaló el último quejido de placer y luego, poco a poco, fue recomponiendo el gesto y recobrando el pulso y el aire hasta encontrar su dibujo perfecto en el colchón y adherirse a él.



      Tal vez es sólo una tradición, la vieja costumbre, incorregible. La voz de las horas oscuras, llena de silencio y eternidad, cuando el tiempo parece no caer y se respira mejor y más puro. ¿Ya sabes que es mentira no? Ya son las cinco y media pasadas y pronto la guillotina fría del amanecer cortará esta tira de eternidad y sólo te quedará la mullida profundidad del sueño para escapar. Pero hasta entonces, en todo caso, el mundo es tuyo.

            Ha sido un buen día, no hay muchos así. Un gran día. Para ser perfecto sólo te ha faltado la sonrisa de él, tal vez cinco minutos viéndolo jugar en la playa. Él resume lo mejor de ti con su existencia, y está contigo, siempre. Las horas de la noche, incluso, tan sagradas, no son ya nunca igual de negras desde que existe, desde que brotó de ti y se desgajó de su madre gritando hasta aparecer en este mundo de extravío. 
 
Anyway, el día ha sido grande, y necesitas todo esto, este alimento, esta vida salvaje, este falso paraíso y este respiro para beber en un regato del río. Acariciar una piel como si fuera arena una tarde de agosto. Incluso te aferras a vanas supersticiones que en el frenesí se vuelven dogmas. Como beber de la fuente de jade, para conseguir borrar toda tristeza de la mirada. Pero la tristeza de la que hablas es un peaje preciso, imborrable y tatuado, que se llama vida, años. No se desprende, no se rasca, no sale. Y está bien así, qué coño? Eso, y no muchas cosas más, eres tú.

Arrugas en el alma, o no has vivido.

Cosas sencillas, primarias: amar, beber, besar, comer, meter la cabeza en la bañera, morder un muslo blanco y dejar una marca en él, pasar páginas hasta encontrar ese poema y recitarlo, parar la peli en un instante y dilatarlo con interpretaciones y pasión, como si fuera una extensión más de lo que vienes haciendo con ella, pero esta vez sin tocarla, revolver el pelo amarillo hundiendo los dedos hasta sentirlo atrapado, colocar un pulgar en los labios o introducirlo en la boca, leer juntos en la cama, en las hamacas o tumbados en la arena, oler en tus dedos el mar que no has tocado, sentir el eco de un susurro mientras te dicen al oído palabras que no se pueden confesar, palabras que sólo tienen sentido en un momento y en ese momento fueron para siempre. Y reír, reír con su risa que espera tus palabras  y estalla sin poder evitarlo y reconoce tus guiños y tus giros.


Y pensar que ha sido intenso, intenso de veras, intenso como decía Percy Byshe Shelley de su vida, que era una vela que ardía por los dos cabos. Hasta soledad ha tenido el día, como un regalo para encontrarte y desde el fondo paladear y admirar lo vivido, mientras sientes algo frío. Soledad para sentarte ahora, casi las 6, y escribir esto. 




Al final recobrarás la cordura y te agazaparás sobre el hueco de ese cuerpo para en su calor caer rendido, dejar la tristeza a un lado, y también el bullir y los recuerdos y las ansias... Poco a poco un suave mecer te adentra en otro escenario, donde nunca sabes que vas a encontrar, pero seguro que es algo que tienes dentro, muy dentro. La película de nuestros sueños proyecta la luz de esa última vela que se esconde en nuestro corazón. Hacia esa luz voy-vas.

Mi relato me trajo a la memoria este gran libro, con el que nada tiene que ver. Un libro escrito en un idioma extranjero y desconocido, que todos podemos entender (Mi frase del día).