La grandeza americana de lo cutre, mediocre. El sublime acto de la derrota humana, de las ambiciones. La constatación de que esta vida es real y es lo que es.
Leo a Ford con miedo, con entrega, como si tomara un fármaco peligroso que me es irresistible pero del que sé que cuando esté enganchado a él nada será ya lo mismo. Es como si en Ford se cifraba mi madurez, mi rubicón, no habrá vuelta atrás. Leer a Ford me hace pensar que todos los novelistas, por muy grandes que hayan sido, son juveniles. Todos menos Ford y otros que yo no he conocido o a los que he leído muy poco.
Comprendo que tras leer a Ford, ahora más que nunca, el Quijote será otro Quijote, y se alejará más en el tiempo mi relectura de Rayuela. Casi estoy a punto de llorar por Oliveira, la maga, Cortázar, casi estoy a punto de hacerlo por mí. Sólo que la fascinación de Bascombe, la dureza socarrona, la tristeza tibia, el cuchillo de cartílago blando de la vida que Ford me clava me hacen sonreír vagamente. Es demasiado tarde.