Me había prometido no hablar de cine, nada de películas. Pero el otro día mi hermano me preguntó por Contagio, ¿oye qué tal esa?, y me puse a pensar en que había visto esa película medio dormido sin prestarle demasiada atención, en una de esas maratones de cuatro, cinco, seis películas, tan raras ahora que mi hijo es la red dura que da forma a mi tiempo.
...pero había algo en esa película.
Anoche, tras una vomitona inesperada por ingesta de gel de mi hijo, con los nervios arrugados por el susto, me levanté a las cinco con el título de esta película en mente, y volví a verla.

Pero no es por una crítica de cine que traigo esta película aquí, sino por su tema. El cine, principalmente a través del Western, y luego en las pelis policiacas y de mafias, a establecido mejor que ningún otro arte una estética/ética de buenos y malos. La Ética con mayúscula, es de la que hablamos, la ética de cómo conducirnos cada día. De eso trata Contagio, de eso trataba Traffic.
Contagio lleva al cine, con un sorprendente resultado, el tema de La peste, de Camus: la insignificancia del hombre en un mundo que lo supera, su falta de control sobre los elementos más banales, más dañinos. Porque no hay mayor metáfora de todo esto que comprender, saber, sentir la existencia de un virus.
Advierto que hablaré del contenido de la película, para aquellos que no desean conocerlo antes de verla.
Y a través de una historia que ya se ha ensayado varias veces en el cine (Estallido, La amenaza de Andrómeda, que yo recuerde ahora), Soderbergh no sólo nos monta un estupendo Thriller donde el asesino es un virus nuevo y mortal, sino que establece en esta búsqueda una línea divisoria entre buenos y malos que nos hace reflexinar sobre el sentido de la humanidad, nuestra ética personal y qué es lo que nos define como personas. Por una lado: los desesperados del salvese el que pueda, políticos egocéntricos, un bloguero que encarna el cinismo, el egocentrismo y la personalidad de un manipulador de masas a la perfección (muy bien interpretado por Jude Law).
Por otro lado están los buenos, que es adonde quería llegar: un famoso virólogo que se la juega para cultivar el virus, en aras de un ideal, una ética, hacer lo que uno tiene que hacer. El precio: su vida. Una epidemióloga que buscando el origen del virus acaba contagiada. Su primera reacción es aislar el hotel, prevenir, evitar el contagio. Detener el mal por encima del interés personal. En un gesto extremo, muere en una nave, cediéndole su manta a otro enfermo presa de temblores por la fiebre. Soderbergh fuerza la estética del héroe aquí, pero resulta creíble y facilita las cosas a un público algo perdido en la intensa trama.
Una representante de la OMS es raptada para obtener como rescate vacunas. Cuando descubre que esas vacunas que irán destinadas a niños de un pueblo son falsas no duda en dejar a su jefe allí sentado en el aeropuerto y marcharse en busca de esos niños con los que ha vivido, a los que ha enseñado. Su vacuna en la mano es seguro que no irá destinada a ella, pienso.
En un gesto redondo, la hija del virólogo que obtuvo el cultivo consigue hallar una vacuna, y para evitar meses de pruebas y trámites, se la inyecta a sí misma y acude a una nave de aislamiento, visita a su padre. El padre, porque todo padre es egoísta con sus hijos, le reprocha esa acción, que esté ahí frente a él contagiándose para probar sin saber con seguridad. La respuesta es inmensa: esto es lo que tú me enseñaste, esté es mi código, tú código de vida: estás aquí por cultivar el virus a costa de tu vida. ¿Qué querías que hiciera yo? Grande.
Me ha emocionado tanto esta película que no he podido evitar rescatar estas historias. Lo que quería definir es difícil por cierto tufo a moralina que nos hace abstenernos de hacerlo. Pero hoy prescindiré de ese pudor. Me gusta Celine, me atrae como una sima su mal, su odio, su negrura. Pero creo que lo que mejor define la esencia del ser humano, o más precisamente, no del ser humano, sino de la humanidad - que no es lo mismo - es ese darlo todo por un ideal mayor que nosotros mismos. Una ética y una actitud existencialista: pórtate como quisieras que se portara el mundo. Celine está bien, porque escribió y es por eso por lo que lo conocemos, más allá de si fue un malvado de facto o no. Debemos saber del mal, pero no hay por qué recrearse en él en exceso. La humanidad, mientras nos revolcamos en esas excrecencias, está esperando.
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Las uvas de la ira posee una escena final de increíble humanidad |