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viernes, 12 de abril de 2013

PROMISED LAND II



NOCHES DE SOL  


(en las zonas septentrionales en ciertas épocas del año el sol no llega a ponerse nunca, y hay puestas de sol que se convierten de inmediato en amaneceres, exactamente lo mismo que en las noches de pasión)




Como en todas las cosas por estrenar la primera vez el sabor no existe, no está, o está, sí, pero aturden las papilas el trallido del corazón, igual que aturde a los tímpanos haciéndoles creer que esto es la selva, que estás perdido, y que en algún lugar retumban los tambores de tu tribu, de tu gente, de ese lugar que creías perdido. Al fin perteneces a algo.

            Luego los tambores van apagándose, descansas, tu corazón se acompasa y tus pupilas se abren. Caes en el primer sueño junto a esa piel y su calidez es la tuya, y compartes su humedad, donde es pegajosa eres pegajoso, donde es suave no puedes evitar reconfortarte tras la batalla, y donde el frío la encrespa pasas la mano para cuidar el terreno en barbecho. Y entiendes que el lugar al que perteneces es esa piel, esa confusión donde tus límites corporales no están claros, ese estar en que una postura es incómoda hasta el dolor, pero no quieres moverte para no alterar esa fusión. Y claro que tarde o temprano acabas por moverte, o si no se mueve ella y es como si un miembro fantasma sacudiera inesperadamente tu cuerpo.


            Y puede que en algún momento abra sus ojos en medio de la noche y los veas brillar, como Sirio, la estrella, brilla azul en la madrugada. Puede que tu mirada y la suya se crucen en el sueño entre la pálida luz, echados así, con las extremidades cruzadas en todos los sentidos como leños ardiendo sobre vuestros cuerpos. Y esa mirada es un vistazo instantáneo al último y más secreto aliento, ese con el que cada uno se acurruca en las noches llenas de silencio y frío. Y cuando pasa, no es raro que ambos cuerpos se entremezclen y giren, se crucen, liberen y vuelvan a cruzarse, buscando otra forma de encajar en el sueño así, unidos. A veces eso excita la piel, que está electrizada por la mirada honda y suplicante que surgió de entre los sueños. A veces excita y entonces empieza de nuevo la topografía corpórea, esa que consigue poco a poco sacarle las medidas al terreno. Y este responde, y todo es empezar otra vez, como si ambas pieles para poder descansar unidas tuvieran que sofocar incendios provocados que surgen aquí y allá cada cierto tiempo. Sólo que a cada paso la piel va adquiriendo un sabor más cierto y jugoso.

            Pero otras, los ojos se quedan clavados unos segundos y hay unos labios que se acercan y un ahondarse en el sueño a través de ellos. Caes en picado y una vez dentro todo es un nuevo juego de confusión, donde no puedes diferenciar ni saber dónde sueñas tú, dónde te sueña ella.


jueves, 11 de abril de 2013

PROMISED LAND I

LISTENING NOTHING ELSE MATTERS




           A veces hay que caer hasta el fondo del todo, sentir tu piel pegada y en íntimo y brutal contacto con el suelo, a veces no hay otra que caer y de pronto notar como si la última capa de realidad entre tú y tu vida se fundiese para envolverte, acogerte. Con frío, sí, con dolor y total rudeza. Hasta que no te ocurre no lo comprendes, no está dentro de ti, y cuando pasa, entonces lo sabes. No es que a veces tenga que ser esta la forma, sino que es la única.

            Pero mientras, la vida pasa, y tratas de mecerte con su dulce aliento. Es un aliento compuesto, difícil, un aliento de resaca, un aliento de besos, lengua y más besos, y finalmente un golpe seco de labios que se extrañan, como si dos pieles curtidas chocaran buscando amor, pero ya no hay nada que encontrar ahí. Y sin embargo, todo está a la vuelta de la esquina y ese tam tam de bocas tristes y sin lustre apela a la memoria y el amor, a la calidez de la piel que obedecía al otro como si fuera su amo. Al fin y al cabo, no eres capaz de reconocer tu piel hasta que la toca alguien que amas, y entonces, con esa huella extraña apelando a mil sensaciones, te conviertes y se muda el tiempo. Amar es un fluir y por un segundo, nos hace inmortales y supremos. Luego, todo es decepción, memoria o la ternura del recuerdo. Pero siempre, vale la pena. What else?

martes, 9 de abril de 2013

EN LA CASA (DANS LA MAISON)



            
                Acabo de ver una película que me ha fascinado. En la casa, efectivamente, es su título, y me ha sorprendido, divertido, atraído enormemente. He sentido el aliento cortante de la aventura, el adentramiento y al mismo tiempo la ligereza y la risa suave de la comedia de la vida, he convivido con la locura de este film y he comprendido que es la misma locura que alienta la vida. Sin ella, sin esta locura, la vida carece de sentido. Esa locura, cómo no, se llama literatura.


                François Ozon, con unos tintes a lo Chabrol a ratos pero sin caer nunca en su tenebrismo ni en su sicopatía, nos rasga el velo de lo cotidiano con la mirada de un sorprendente personaje detenida sobre una familia prototípica francesa de clase media. Y es que tenía que ser francesa esta película, por su análisis y repulsa, conjugadas al mismo tiempo con cierta subyugación hacia ese segmento social que representa el ideal europeo y francés de la civilización. La clase media nos representa y da sentido, es como el molde de nuestro existir y nuestra concepción de cómo ha de ser la vida. Muchas cosas hay contenidas en un concepto de algo de lo que puede dudarse de que exista incluso.


                Pero la película no es un análisis sociológico ni entraña una crítica desgarrada y profunda como sí ocurre en Chabrol. Tampoco es un bullir psicoanalítico de las fuerzas internas mermadas por la cultura y la civilización. La película transcurre en un planear delicioso por el acontecer de las cosas y sólo a ratos parece rozar esto y algunas posibilidades más. La película es eso, un rosario de posibilidades, de lo posible, de la existencia. Tal vez por eso a veces la vida de esos personajes nos parece de papel, irreal fuera de la escritura, de su relato. Esta es una historia no de la existencia, finalmente, sino de la narración de la misma y de este hecho como el único que otorga sentido a la misma. Y es también, en consecuencia, un canto a ese poderoso hallazgo, una mirada a la mirada, en ese cruce entre alumno que mira una historia, una familia, y profesor que mira la historia y es absorbido por ella, y al mismo tiempo es cautivado por su narrador. Y es que todos, en esta historias, son cautivados en algún momento por el narrador, él tiene el poder.

                La historia nos presenta también a ese alumno que ningún profesor puede imaginar ni creer, pero que cuando lo conozca se convertirá, con toda probabilidad, en su fantasía más secreta e improbable, su mayor anhelo, tan deseada que ella por sí sola se justificará a sí misma, tan agradable y zalamera que forma parte como una vuelta más en este bullir de historias en espiral, de este canto a las historias y el poder de narrar. Porque esta es la historia del alumno que es profesor, y maestro y desvelador de una realidad que domina al profesor. Y cuando éste lo coge de la mano para guiarlo, y entra en su historia, ya no sabemos quién lleva a quién.



                Porque de eso trata esta película, del poder de la literatura, de su fuerza, de su capacidad para ensalzar no, para encarnar la vida como la propia vida parece no hacer. La literatura es mirada y experiencia, no subraya, sino que crea y da sentido a una serie de gestos y acontecimientos que muy a menudo están desposeídos de toda historia por sí mismos.


                La literatura es un juego de Voyeurs. Y el profesor es un voyeur y un enamorado de la mirada y trata de incluir la suya propia en la historia de Claude, sin poder evitar caer una y otra vez en el hechizo de esas redacciones que le van llegando a cuentagotas dándole el aire necesario para respirar lo justo hasta la próxima entrega. La mirada de Claude es a veces fría, pero descubrimos poco a poco en ella cómo se va contaminando y llenando de su propia historia y su descubrir. Y cuanto la historia se acaba viene otra más, y otra.


                Hay al final varios finales posibles, y se nos ofrece el borrador de cada uno brevemente, pero es el final infinito de la escritura, de lo posible y de la germinación de una nueva historia lo que salva y aleja esta película de un final a lo Chabrol (y era fácil caer en esa tentación, yo la temía a ratos). Hay igualmente, no podía ser de otra forma, la perdición de sus protagonistas, que ya han caído para siempre dentro de la narración, y esto les cambiará para siempre.


                La película es metaliteraria y meta-artística también, y en ella vemos una burla a buena parte del arte contemporáneo actual por su incapacidad para captar justamente lo que la historia reclama como el mayor poder del arte, y más concretamente del arte literario: la fascinación de la narración. Igualmente, hay una burla y una constante puesta en solfa de la crítica literaria y de ciertos preceptos y prejuicios que tratan de hacerse axiomas en un lugar donde los axiomas no tienen lugar, no tienen sentido. Y así, el profesor es al mismo tiempo víctima de esta narración extraordinaria e inesperada, y trata de ser verdugo y crítico de la misma para acabar, de una u otra forma, formando parte del relato y siendo devorado por el mismo.


Un reguero de títulos transitan, todos ellos grandes obras (no he podido evitar reconocerme en alguno, como el estudiante Torless, especialmente), hasta que finalmente el profesor es golpeado por el paroxismo de la historia y su mujer en la cabeza con un contundente tomo de “Viaje al fin de la noche”. Y no creo que sea gratuito el título escogido, aunque a modo de broma, porque hay pocas historias tan alejadas de ese terrible  y grandísimo libro como ésta llena de gracilidad, amabilidad y cierta tristeza socarrona (vaya oxímoron). Pero no es gratuito, no, porque el fin de una historia se aproxima, y ahora que darle un final que no es más que el comienzo de otra nueva historia.

                En su mirada cotidiana de algo aparentemente banal, y en un mundo banal y cada vez más desposeído de palabras para narrarlo, el matrimonio compuesto por el profesor y la galerista reciben el impacto de las redacciones de Claude y yo recuerdo esa cita que siempre me puede de Kafka: “un libro ha de ser un hacha para el mar helado que alberga nuestra cabeza”.



                Al final, profesor y alumnos están enfermos, infectados por la misma forma de locura, esa desviación, ese extraño atajo larguísimo que nos sirve no sólo para entender o inventar, sino principalmente para vivir la vida: la literatura. La literatura es la “ventana indiscreta” (al ver el final lo entenderéis), el ojo hipnótico que da espíritu a la existencia. Y al activar ese ojo participamos de ella, entramos en contacto directo con ese invento de difícil definición y aún peor posibilidad de captación al que llamamos realidad.



sábado, 23 de marzo de 2013

Cuando la soledad era otra cosa

     Vivir momentos de cambios es enfrentarse a como asir lo que hemos sido. A cómo asirlo, sí, o a cómo dejarlo ir.
      Nunca fueron escritos para eso, mis diarios, pero ahí están. Miro al pasado y lo que leo está lleno de presente y desconocimiento. Estoy versionando a cada rato, como todos, lo que fui. El pasado escrito, una primera revisión, una instantánea verbal, me da el guantazo que me permite ver cuánto me he alejado de aquella experiencia.

     Y todas son reales y todas soy yo.

"Siento una dolorosa soledad, que con sus dientes afilados merodea a mis espaldas y se ríe de mi vida, de todas las vidas en realidad. Nunca imaginé que leería de noche a Mailer y sentiría mientras que asiste impávido a todo Cernuda, de pie a mi espalda, cerca del monstruo de la soledad, comprendiendo mi dolor que subraya algunos versos suyos. Dónde estás tú, que siempre me habías dado calor. Cómo se llega hasta aquí. Cómo mueren las personas que amamos y siguen los fantasmas de sus cuerpos al lado para confundirnos. Todo se hace insufrible a veces, y me atiborro de realidad y rutina para anestesiar los días."

 22 de Febrero de 2007 a las cinco y media de la madrugrada.

viernes, 15 de marzo de 2013

PARA TI

     Iba a rescatar aquí algo que escribí allá por el 2001, cuando empezaba mi andadura por una suerte de diarios de asociación libre que entonces fueron más libres que nunca. Llamé a esos diarios BORNES, nombre de aquel escritor que inspiró a Freud la idea de la asociación libre. Escribe libremente, sin censura, sin sentido, sin frenos ni correcciones, escribe con el alma en vilo y perdiendo la conexión con las reglas del lenguaje. Casi se convierte en un buen síntoma de ese estado el cometer terribles faltas gramaticales y ortográficas, porque estás en otra cosa y es esa en la cosa que tienes que estar. Luego viene esa otra parte, luego corregirás.
   
     Pero me parece no diré una hipocresía, pues no es eso, sino una falta de lealtad y congruencia con lo que ha sido mi semana, no escribirte a ti. 

     Así que paro todo esto y te escribo a ti, sólo a ti, mis palabras son para ti.

     No es mucho el tiempo que llevo siendo consciente de todo lo que puedes enseñarme, de cuánto puedo aprender de la vida de tu mano. No es mucho no. Ha sido una bendición, un encuentro con lo más profundo comprenderlo y admitirlo. Qué desahogo saber que no soy yo el único que tengo cosas que enseñar, qué alivio y pavor asumir que lo verdaderamente importante está danzando entre nosotros, y no es lo que yo pueda darte a ti.
     En cierta forma, por otro lado, me sobrecoge y me maravilla que puedas ser al mismo tiempo tan frágil y tan fuerte. ¿Cómo es posible? La respuesta era muy sencilla: eres como todos, como los adultos son, pero sin camuflajes, sin máscaras, desnudo y huesudo, un aunténtico caparazón de pollo. Puro nervios, alegría y brillo en los ojos. Y cuando vives y eres tú y se caen las pesadas retahilas que te obligan, arden los segundos hasta dejarme ciego, sin forma de medir esta manera de vivir, tratando torpemente de asirme al tiovivo que pusiste en marcha.
   
     Soy un ser dañado, y en la curva de mi pecho rebosa la pena. Sí, es así. Pero soy alegre también y tengo mucho dentro, soy vital y me gusta vivir. Uno sabe que algo no va del todo bien cuando se topa con esa verdad, que te gusta vivir, y pareces haber descubierto algo. No deberían de hacer falta ese tipo de encuentros, no es justo que haya que hacer ese juego de espejos de la consciencia para saborear la vida. Pero la vida, sabido es, no entiende de debes ni de justicia. La vida es...y por ello tú - que eres sin más - eres vida.

     Dicen que el hombre piensa diez veces cada hora en el sexo, que todos pensamos en la muerte cada día, y que sentimos de vez en cuando un extraño e indefinible deseo de morir o al menos, de parar un poco. Sentimos amor, odio, lealtad...sentimos de todo y de muy diferente forma. Lo que no había entendido, ni lo hubiera creído por asomo es esto, como te siento a ti, que vas anillado a cada segundo, tu aroma entra en mí de alguna forma con cada respiración.

      Tenías una semana y poco más; tenías hambre y te di un biberón de manzanilla para calmarte. Abriste los ojos mucho, eran oscuros y velados, como los de todos los niños recién nacidos, pero me miraste lleno de agradecimiento. Me miraste y lo sentí: estoy perdido. 
     Al poco de nacer tú empecé a cambiar muchas cosas: cambié mis rutinas - por supuesto, tú te encargaste de ello -, cambié mi forma de leer, mi forma de entender la literatura y la escritura (y eso en mí era cambiar mucho), mi forma de entender la política, de discutir, de querer a mi pareja, de mirar a mi familia. Como un aceite untuoso, aromático e imparable, tu presencia se fue extendiendo por todos los rincones y llegó a todas partes. Cuando llegaste a lo más profundo empapaste mi dolor, mi falta de amor, mi añoranza, el recuerdo de mis padres.
     No sé si le pasa a todos los padres, pero lo cierto es que a veces estoy muerto de miedo por tenerte conmigo, bajo mi responsabilidad.
     No sé si alguien ha vivido esto, da igual, pero he sentido, cuando peor estaba, que cuidabas de mí de la única forma en que puedes y es justo que cuides de mí: existiendo. Y entendí que he sido una persona sin norte que de pronto tiene una estrella que lo guía.



     Así que creía que era una cuestión de esfuerzo y denuedo por darte todo, por estirar tu brazo hasta la fruta del conocimiento y la verdad. Pero veo que es más simple, desnudo y sobrecogedor. Es más natural y cálido, más cercano. Ya sé lo que quieres, y lo que más envuelve mi corazón y lo arrulla es la mágica coincidencia.
     Últimamente duermes conmigo y cuando me acuesto y te abrazo musito entre las mantas: mi cachorro, mi cachorro. Puede parecer ridículo, inapropiado, pero el sentimiento es profundo.
     Así qué es esto, me he dicho un buen día, es esto todo lo que quieres de mí.Y sí, es eso, me lo habías dicho mil veces, pero no lo acababa de entender, algo perdido en mis miedos, mis obsesiones, mi preocupación por amarte.

     Todo lo que quieres, Diego, es que esté contigo.

     Qué grande, hijo, porque yo no quiero otra cosa.

     

    

jueves, 17 de enero de 2013

LAS ISLAS DIÓMEDES


     Las islas Diómedes son rocosas, de dimensiones reducidas, y se encuentran en el centro del estrecho de Bering. Dos pequeños islotes separados por muy poca distancia.Una de ellas está deshabitada, pertenece a Rusia, forma parte de Asia. La otra es americana, y tiene una población muy pequeña. A un kilómetro y medio de cada una, la frontera internacional las divide. Pero hay algo más que las separa: la línea internacional de cambio de fecha. Como resultado de esto cada isla se encuentra en un día diferente a pesar de estar calentadas por el mismo sol y en el mismo momento. Habitan en tiempos distintos. Cuando el frío llega a su máximo, y todo se hiela, es posible caminar desde una isla a otra. Es un paseo que no lleva más de una hora, pero en él pasas de un día a otro.
 
     Estas islas me producen nostalgia, tristeza, también cierta sonrisa, cierta comprensión de que los mismos esquemas se repiten como fractales, copiándose en la geografía, en la vida, en las personas y en nuestras relaciones con ellas.
 
     La dureza de sus rocas me resulta veraz, me infunde confianza, me ampara. Así son las cosas, y no pasa nada, o pasa, y es lo mismo. Eso parecen decir allí, empañadas por el aire helado de la primavera, cubiertas de nieve, una al lado de la otra.
 
     Las islas Diómedes son un singular punto geográfico al que todos acabamos por llegar algún día. Seguramente todos tenemos a nuestra isla diómedes, ese otro lado que fue importante y de pronto una línea dividió para siempre. Todo nos separó y, finalmente, acabamos viviendo en días distintos, realidades diferentes, universos paralelos. Y es posible que en muchos casos una de esas islas quedara deshabitada y la otra no.
     Las islas están ahí, y me sugieren y evocan metáforas, a pesar de que son ajenas a ellas en la realidad.
     En ciertos momentos de frío y oscuridad es posible cruzar a pie de una de las islas a otra, pero nadie va hacerlo, porque en una de ellas ya no hay nadie, ya se marchó, o tal vez nunca estuvo. Sólo quedan esos dos cuerpos rocosos, esas dos cicatrices de relieve cortante sobre la manteca blanca y dura del hielo. Nada más.

viernes, 4 de enero de 2013

Moby Dick me persigue

     Esto es muy personal, pero esta historia es demasiado grande para callármela, para quedármela para mí solo, por eso la comparto. Hace varias semanas mi madre ingresó de urgencias con una anemia perniciosa. Al pincharla para los análisis o el gotero su sangre brotaba como agua vagamente salpicada por tempera roja de mala calidad. Varios cañonazos de vitamina B12, transfusiones y descanso fueron dándole lustro a ese plasma aguado e insustancial. El caso es que esos días para cuidarla nos organizamos los hermanos y mi padre, divorciado de ella hace más de treinta años, nos cubrió el almuerzo preparando ingentes cantidades de comida que íbamos devorando por turnos. Por allí pasamos todos, incluído mi hijo de cuatro años que aprendió a apreciar los flanes "caseros" de sobre que su abuelo prepara no por su nieto, sino para ahorrar (15 céntimos el flan). En esos días aprecié la soledad en que vivía mi padre, como buen ermitaño se había acostumbrado a ella, o tal vez le venía de su pasado de marino embarcado largos meses en alta mar y de su carácter de misántropo. Toda su compañía era un perro viejo, de pelo largo, que andaba enfermo ya todo el día sobre un cojín viejo de sofá. Él le hervía la carne para que pudiera masticarla, lo cuidaba con mimo, sin palabras eso sí. También vi que se sentía a gusto con nuestra compañía por un rato, aunque si se alargaba acababa por exasperarle.

     Mi madre se recuperó, le dieron el alta y cada mochuelo volvió a su olivo. Compré los sobres de flan que ahora preparo "caseramente" para que mi hijo los devore. Como suele ocurrir, no me salen como al abuelo (el secreto es un buen chorro de pastillas de sacarina, para ahorrar, claro está, azúcar, y que endulzan más). La rutina de los días se extendió de nuevo tras los extenuantes turnos en el hospital y a veces imaginaba a mi padre siguiendo sus partidos de fútbol con aquel perro de nudos como rastas tiesas sobre el cojín. Mi hermano sin embargo vino a interrumpir estos pensamientos para contarme que mi padre lo llamó el otro día. Su perro había muerto. Era algo esperado, tenía cáncer. Pero no fue necesaria la inyección, murió solo en su cojín mientras mi padre estaba en la calle y allí lo encontró. Llamó a mi hermano para pedirle que lo ayudara con su coche a llevarlo a algún sitio y enterrarlo. Mi hermano acudió desde su chalet en el campo con una pala, cogió al perro envuelto en una manta vieja - la que había sobre el cojín - y tras meterlo en el maletero salió con mi padre a la carretera. Al pie de una duna en la playa, camino de San Fernando, abrieron un boquete y echaron al perro. Mientras mi hermano tapaba el boquete dice que mi padre subió la duna y se quedo un rato mirando el mar. ¿Tal vez lloraba?, ¿tal vez encontraba en el océano un lugar donde diluir su soledad y continuar viviendo?

En barcos así trabajaba mi padre en África.
     Me afectó esta noticia, y tras varios días me decidí a visitar a mi padre y tomar un café con él. Es algo digno de resaltar, puesto que no lo he hecho nunca. Nunca, salvo que ocurra algo como lo de mi madre, visito a mi padre y me tomo un café con él. Vive cerca, pero así es nuestra relación. Ambos estábamos sorprendidos y algo incómodos pero nos pusimos a hablar y mientras él preparaba el café. Instintivamente le pregunté por su vida de marinero, por una maqueta de barco pesquero que tiene en el pasillo, por la dureza de ese trabajo (engrasador, maquinista, etc...). Hablamos y hablamos y recordé y le conté cuando visitábamos a mi abuelo, su padre, que ya jubilado vigilaba los barcos de noche. Yo era muy pequeño, pero mi abuelo me ponía una jarrita de metal llena de café negro y me daba pan para que lo mojara. Su truco era que saturaba de azúcar ese café oscuro y conseguía que yo me lo tomara para luego andar nervioso toda la noche. Mi padre se quedó pensando, no se acordaba bien de eso.

- De lo que sí me acuerdo es de cuando te metiste de polizón en uno de mis barcos de pesca, cojones. ¡No formaste ná!
    Y me contó como al parecer yo conseguí escaparme de casa, algo que he hecho varias veces en mi infancia y adolescencia, para llegar al muelle, buscar el barco de mi padre, colarme dentro  y esconderme debajo de una litera. Lo increíble de esto es que yo, que creo recordarlo todo, no lo recordaba, no al menos hasta que me lo contó.
- ¿Y qué pasó?
- Po' na' - dijo mi padre.- Tu madre apareció por el barco hecha un basilisco, tu hermano le había contado tu plan y empezamos a buscarte por el barco. Ella misma te encontró debajo de una cama y te sacó de allí a alpargatazos.
     Increíble. Sólo un vago recuerdo de aquello acudía a mi mente. Precisamente el compartir con mi hermano una ilusión.
- ¿Y cuál era mi plan?
- Las cosas tuyas, querías escaparte en el barco para cazar ballenas!!!
- ¿Para cazar ballenas?
- Eso, cazar ballenas, sí.
     Aquello era una locura, me llegué a preguntar si mi padre no estaría inventando aquella historia. Pero la invención no es algo propio de mi padre, para eso ya está mi madre.

     Mi padre estaba bien, apenas si comentamos lo del perro, no le va eso de la nostalgia, hablar de sentimientos menos aún. El perro ha muerto, era viejo, qué bien vivió, ahora otra vez solo. El Cádiz no tiene interés, una mierda de liga.

     A los pocos días leo un post, un artículo de David Torres en su blog. Hacía tiempo que no lo visitaba. En esta ocasión me dio un vuelco el corazón al leer su artículo. Iba sobre Moby Dick, y nada más empezarlo tuve conciencia de que guardaba relación con aquella historia que me contó mi padre. ¿Había leído yo Moby Dick? Sé que era un niño, siete, ocho años, no sé, me parece difícil. Tal vez leí una versión infantil, no lo recordaba. Pero creo que ese fue el detonante, el origen de mi deseo de cazar ballenas. El artículo era muy bueno, lleno de pasión y unas líneas maestras, sin juegos, desnudo ante un libro fantástico.
     Pero en toda esta historia faltaba una protagonista, mi madre. Así que fui a verla. Sentados tras comer y con un café en la mesa conseguí captar su difusa atención unos minutos y contarle la historia de mi padre. Mi madre, como me temía, no se acordaba de nada. Su excusa era que como yo había intentado escaparme varias veces no se acordaba de todas. Le dije lo de las ballenas, pero no le mencioné el libro, pensé que ni sabría de qué libro se trataba.
- Yo me acuerdo de recogerte una vez en el barco de tu padre, pero creo que fue él quien te llevó, medio borracho, y tuve que ir yo para que el barco pudiera salir.- Aparecía aquí una nueva versión de la historia.
     Total, ahí quedo la cosa. Lo único que quise mencionarle es que tal vez lo había leído en algún cuento. - Pues igual, siempre estabas fantaseando con todas las historias que leías, me traías loca.

     Tras esto pasaron los días y todo quedó ahí.

     Hoy, justo hoy 3 de enero, visito a mi madre otra vez y paso la tarde allí. Nos reímos de mi despiste, al servir cinco platos de puchero para cuatro personas, hablamos de nada y vemos una telenovela absurda. Al final de la tarde mi madre me dice:
- ¿Tú te acuerdas de los libros de aventura del círculo de lectores?- Mi madre era compulsiva comprando libros o comics, y yo la seguí en la compulsión leyéndolos, tal vez buscando su atención, creando esa relación nutricia con ella a falta de otra mejor.
- Claro que me acuerdo - yo esquilmé esa colección, robando sistemáticamente los títulos para llevármelos a casa de mis abuelos. Allí conocía a Karl May entre otros. Era en apariencia un escritor de segunda y muchos años después encontré a un escritor de culto que lo rescataba del olvido y reivindicaba su capacidad para apasionar, recreando algo que no conocía. Ese escritor de culto por cierto es Arno Schmidt, autor de Momentos de la vida de un fauno, un libro que me subyuda, magistral, y que utilicé para dar nombre a este blog.

- Pues todavía tengo algunos, muy pocos ya con las mudanzas - me dijo.
- ¿Ah sí? - le dije.
- Sí. Te voy a regalar uno todos los años, si no me muero antes.- Cosas de mi madre.
     Se levantó y apareció con un libro entre los dedos que soltó en la mesa. En aquella vieja edición del Círculo, vi la portada con la barca agitándose en el aire sacudida por aquel gigantesco y familiar cachalote blanco; era Moby Dick.
- ¡Joder, qué casualidad! - dije sorprendido - Creo que por este libro me quise escapar en el barco de mi padre, ¿te acuerdas de lo que te conté?
- ¡Anda ya! si tu eras muy chico...- contestó mi madre.
- A ver..., este libro se editó en...1975 (yo nací en el 69)
- Sí hombre, ahora te leíste el libro con siete años...- no parecía probable, no lo recuerdo. ¿Tal vez tenia un cuento o un comic? (yo leía cientos de comic que mi madre cambiaba en el mercadillo que había el domingo, entonces en la plaza la Merced)

Me quedé absorto mirando el libro y entonces empecé a darme cuenta de la serie de coincidencias que se habían producido. Me sentí algo confundido y alelado empecé a mirar las ilustraciones del libro. Luego llamé a mi madre y tratando de cerrar aquella confusión le pedí algo absurdo, algo que ella misma me dijo que nunca había hecho en su vida:
- ¿Me lo dedicas? - le dije ofreciéndole un pilot.
Mi madre se rió, como si yo estuviera loco, pero cogió el pilot azul y escribió con letra torpe y desvaída: "Para mi hijo con cariño de su madre y deseándole todo lo mejor en el 2013." Yo añadí la fecha del día: 3-1-2013.

     He escrito todo esto con el libro sobre mi mesa, mientras bebía una cerveza y trataba de ordenar mis pensamientos. Creo que es hora de releer Moby Dick. Incluso, ¿por qué no?, de leerlo en inglés ayudado por esta edición española, y ver si puedo embarcarme al fin en aquella aventura que quedó truncada en mi infancia.